
Sigue despertando a cada nuevo paso en su carrera el máximo interés entre los aficionados al fantástico desde que debutara con Cube, y este Sitges 2009 ha podido presentar la nueva película de Vincenzo Natali: Splice, protagonizada por Sarah Polley y Adrien Brody, narra la historia de dos científicos que crean la primera criatura artificial en un laboratorio con vida propia. Las carencias emocionales de, en principio ella, más tarde él, les llevarán a ocultar al ser y educarlo/a como si fuera su propia hijo/a. Pero como en buena narración toca, la criatura empezará a desarrollar sus propios intereses e inquietudes… A los que esperen una nueva revolución en el campo de la ciencia ficción en comunión con el terror quizá se van a llevar un chasco, Splice es un episodio muchas veces visto de Outer Limits (y no estoy siendo peyorativo, me gusta la serie) con más medios, más presupuesto y actores de primer rango, donde se advierte a la humanidad de los peligros de la ciencia y el progreso por culpa de las debilidades humanas, como tan a menudo hacía dicha serie.
Si Moon fuera una canción, probablemente la cantaría David Bowie. Pero como es una –extraordinaria- película, hablamos de un Bowie de segunda generación: el director es su hijo, Duncan Jones, y narra la historia de un operario de una estación lunar (Sam Rockwell, absolutamente genial durante todo el metraje) que está a punto de terminar su contrato de tres años y volver a la Tierra para reencontrarse con su mujer y su hija. Pero después de sufrir un accidente, descubrirá un trágico secreto sobre su condición. Todo aquello que promete la película durante su primer acto se va cumpliendo, poco a poco, sin sobresaltos, en una de las mejores experiencias de este Sitges 2009, y termina siendo un hermoso y dramático cuento sobre como uno debe conocerse a si mismo, enfrentarse a si mismo, y posteriormente aceptarse para luego luchar contra los contratiempos de la vida. Le pasa un poco como a Let the Right One In el año pasado, es la película que va ganando premios sin cesar y gusta a todo el mundo. Como este Festival es como es, no me extrañaría nada que se fuera de vacío.
Ha dividido a las plateas Paranormal Activity, de Oren Peli, entre los que han disfrutado de su serie y pseudo-científica narración grabada en vivo de una pareja asediada por un espíritu, y los que la han considerado una tomadura de pelo, de un fenómeno de promoción hinchadísimo para luego ser tan poquita cosa, tanto ruido y tan pocas nueces. Sí, ya habrán adivinado como yo estoy entre los segundos, y descubro con estupor que realmente la película está teniendo un éxito enorme y encandilando a muchos fans del género, cuando a primera vista el máximo interés que entiendo puede provocar es a lectores de Más Allá o seguidores del programa de Iker Jiménez (donde por cierto ya acudió Ángel Sala a hablar del filme, dudar sobre si realmente era una película o una grabación real y darle un empujoncito: comprendo el juego y me gusta, ojalá pudiera decir lo mismo de la película). A la hora de la verdad la narración, con la excusa de su realismo, se salta cualquier rasgo narrativo, aunque manipule artificialmente lo que le venga en gana (los efectos de sonido, ¿realistas?, el muy subjetivo uso de la cámara) cuando le conviene, y francamente, yo no encontré la actuación de Katie Featherstone tan extraordinaria como para hacerme dudar de su veracidad (aun siendo ella solita lo mejor de la película, de todas formas).
Otro clásico de Sitges, Shinya Tsukamoto, presentó Tetsuo: The Bullet Man. Usando elementos de las dos entregas previas, sobre todo la primera, Tsukamoto presenta en esta ocasión una versión excesivamente narrativa de la historia, sin dar lugar apenas a los momentos más lisérgicos que le dieron celebridad. Esto no significa que el enfoque sea inadecuado del todo, aunque Tetsuo en este modo deja de ser una experiencia cinematográfica para convertirse simplemente en otra película de ciencia ficción, eso sí, original y distinta. El problema de Tsukamoto es que así alinea al público, sus seguidores más acérrimos no lo quieren de este modo, y dudo mucho que la panadera que le vende el pan o su peluquero preferido vayan a ir corriendo al cine al ver la historia de un hombre que va mutando poco a poco a una monstruosa máquina de metal tras la muerte de su hijo. Con todos los pesares, la calidad visual de la película es innegable, y es que quién tuvo, retuvo.

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