30 de septiembre de 2020

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Cine de terror, fantasía y ciencia ficción

¿Por qué son todas iguales?

¿Por qué se parecen tanto las fantasmas del cine japonés?
Kaiki ilustración
Ilustración japonesa del siglo XIX

«¿Otra de fantasma vestida de blanco y con pelo largo?». Esa suele ser la frase con la que se recibe últimamente a las hace pocos años populares películas de terror orientales. La repetición de este icono parece que agota un poco al público occidental, que sí tiene ya asumido que todos los hombres lobo tengan pelo, los vampiros chupen sangre, o «nuestros fantasmas» sean normalmente de un blanco translúcido (una vez que los de sábana blanca están definitivamente en horas bajas).

El caso de los fantasmas en la cultura japonesa es el mismo, y quizá el error del espectador oriental ha sido considerar a Sadako como un novedoso personaje, cuando en realidad era una representación más de un estereotipo que se viene repitiendo desde hace siglos en la cultura nipona, y desde los inicios del cine en el terror japonés.
Vamos a intentar en este artículo acercaros al fantasma típico de la cultura japonesa, y a explicar los motivos de su aspecto.

El fantasma clásico japonés se llama yurei, que significa algo así como «alma apenas visible». El yurei aparece en la tierra cuando el alma (reikon) no recibe el apropiado rito funerario, la muerte no ha sido natural (ha habido un asesinato o un suicidio), o si el reikon está muy influenciado por algún sentimiento (generalmente odio o venganza). Recordemos, por ejemplo, como Sadako (Ringu) era arrojada a un pozo, o Kayako era asesinada por su marido.

Normalmente el yurei vaga por nuestro plano, permaneciendo atado a un lugar (el pozo de Sadako, la casa maldita de Kayako) o una persona (aquella de quien espera el amor o la venganza). Aunque en las películas, a veces espíritus muy poderosos encuentran la forma de extender su venganza más allá de su zona de actuación mediante cintas, teléfonos… pero finalmente hay que enfrentarse a ellos en su morada (Ju-On, Ringu, el Pozo…).

El círculo (Ringu)
El círculo (Ringu)

Eso no quiere decir que cualquier persona asesinada o enamorada pueda volver en forma de yurei, y es necesaria una gran fuerza emocional, o habilidades psicológicas (lo que explica que tengamos varios casos de niñas con poderes premonitorios o diversos grados de telepatía en sus orígenes; recordemos a Sadako siendo repudiada por sus vecinos).

La única forma de devolver la paz a uno de estos fantasmas es, o bien que cumplan su objetivo (venganza, amor…) o celebrar los ritos funerarios que necesita para pasar del purgatorio y reunirse con sus ancestros (Los que hayan visto el Ojo -el film no es japonés, pero la idea cultural es similar- recordarán a la familia protagonista realizando un rito funerario en el portal del edificio para que desaparezca el fantasma del niño que se aparece en repetidas ocasiones).

Según la fuerza que mantenga al yurei en nuestro mundo, recibe un nombre distinto. En las películas, el habitual es el onryo, que es aquel espíritu que permanece en este mundo por venganza. El concepto no debe entenderse a la manera occidental. La venganza de un fantasma japonés no va necesariamente dirigida al sujeto que la provoca. Esto explica por qué muere un inocente tras otro cuando el onryo comienza a hacer de las suyas en la película. De hecho los yurei más poderosos (que suelen ser del tipo onryo) pueden seguir manifestándose incluso después de haber consumado sus objetivos en el mundo físico (perfecta excusa para crear secuelas fílmicas de estas historias). De hecho las emociones de los onryo suelen representarse en la cultura popular como las más fuertes haciéndoles casi inmunes, por ejemplo, a la purificación que se realiza al darles el correspondiente rito funerario una vez que sus restos son encontrados. Su sed de venganza va más allá.

Fantasma de Oyuki
El fantasma de Oyuki

¿Por qué tienen ese aspecto? Bien, inicialmente un fantasma japonés no se diferenciaba de cualquier otro humano. Pero la costumbre comienza a cambiar a finales del siglo 17, cuando un juego llamado Hyakumonogatari Kaidankai se hace popular entre la clase alta japonesa. Consistía en encender 100 velas, e ir caminando alrededor de ellas contando uno de los jugadores un kaidan (historia de fantasmas). Cada vez que se finalizaba una de las historias se apagaba una vela, quedando cada vez más a oscuras, e invocando así alguna presencia del otro mundo. Así la fama de las historias de yurei crecieron rápidamente, trasladándose a artes como la pintura (la primera representación gráfica de un yurei se considera que es el Fantasma de Oyuki, pintado por Maruyama Okyo en el siglo XVIII) o el teatro japonés, el kabuki.

Fue sobre todo en el teatro donde comenzaron a hacerse típicos algunos elementos que facilitaban al público la identificación de un yurei en escena. Primero está el aiguma, que es el maquillaje blanco e índigo que llevan en su rostro.
Luego tenemos el kimono blanco, llamado katabira, que tiene su origen en los rituales mortuorios. Takashi Shimizu, director de la Maldición y su remake el Grito, nos explica a que se debe esta vestimenta: «En Japón, cuando una persona muere, la vestimos con un kimono blanco antes de ponerla en el ataúd, pensando que la vestimenta blanca limpia el alma de la muerte para que pueda ir al cielo. Luego se la incinera. Cuando el alma de un muerto se manifiesta en forma de fantasma, suele hacerlo vistiendo ese atuendo de enterramiento.» Ya tenemos la primera clave, van de blanco porque así visten a los cadáveres.

¿Por qué mujeres? Pues lo cierto es que los yurei pueden ser hombres o mujeres, pero normalmente ellas suelen venir en forma de onryo, mientras que tradicionalmente los fantasmas masculinos se reservaban muertes heróicas en batallas (recordemos Trono de Sangre, de Akira Kurosawa, por poner un ejemplo cinematográfico).

La maldición
La maldición

De hecho los fantasmas más populares de la cultura japonesa son onryo femeninos, como Oiwa u Otsuya. La primera es la protagonista de Yotsuya Kaidan, una obra de kabuki escrita en 1825 basada en una leyenda real, que es la historia japonesa de fantasmas más conocida. Se ha adaptado al cine más de 30 veces, la primera de ellas en 1912, si bien muchas de las versiones se perdieron durante la ocupación de Japón tras la II Guerra Mundial, en la que se destruyeron multitud de films japoneses.
El mismo motivo nos impide disfrutar de las primeras apariciones del otro fantasma clásico, Otsuya, la protagonista de Botan Doro, adaptación del siglo XVII de una leyenda china anterior. De hecho Otsuya fue la primera en verse en el cine, en 1910.

Curiosamente, ambos yurei (especialmente Yotsuya) tienen una leyenda a sus espaldas, según la cual aquellas obras que las encarnan sufren grandes desastres (dándose casualidades en teatro, cine y televisión). Es ya tradición en Japón que los actores principales (¡sobretodo la actriz que encarna al yurei!) y el director suelen desplazarse a la tumba de Oiwa para solicitar su beneplácito para la adaptación, y librarse así de su ira.

Volviendo al aspecto de los fantasmas, nos faltaba saber el motivo de su larga cabellera. Al igual que el color de la piel y las ropas, las pelucas (tan importantes en el kabuki) ayudaban a etiquetar inmediatamente a los personajes. ¿Por qué es largo, negro y alborotado? Es largo por la creencia popular de que el pelo sigue creciendo después de muerto, y negro porque… ¡así lo tienen los orientales! Para explicar que esté alborotado, y la movilidad que solemos verle en las películas, hay que profundizar aún más en las creencias tradicionales niponas. Takashi Shimizu nos da la clave: «Antiguamente, las mujeres japonesas cuidaban mucho de sus cabellos. Pensaban que su larga cabellera negra poseía un alma y por tanto era muy preciosa para ellas. Una mujer con el pelo alborotado es, pues, una de las representaciones comunes de un fantasma. El cabello despeinado expresa la emoción contenida, como una profunda cólera o rencor que una mujer deja escapar con el fin de obtener venganza.”

El pozo
El pozo

La combinación de todos estos elementos se ha traducido en un fantasma muy singular y realmente terrorífico, no sólo para el público japonés y oriental, sino de cualquier parte del mundo. Ahora ya sabéis por qué son todas «iguales». Uno supone que con el tiempo nos acostumbraremos, e incorporaremos este tipo de «monstruo» a nuestra galería de clásicos. Hasta entonces, tendremos que aceptar que no es que los japoneses anden escasos de ideas. Es que sus fantasmas «son así».