15 de abril de 2024

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Cine de terror, fantasía y ciencia ficción

La última casa a la izquierda, el debut de Wes Craven

Así crearon el clásico de 1972
Wes Craven
Un joven Wes Craven rodando la película

Aunque éxitos como los de Pesadilla en Elm Street (1984) o Scream (1996) han marcado la carrera de Wes Craven como un director legendario en la historia del cine de terror, no hay que olvidar que su éxito viene de mucho antes, nada menos que de 1972, cuando estrenó su primera película: La última casa a la izquierda. El mismo título que convirtió en productor a Sean S. Cunningham, quien luego dirigiría Viernes 13. Era una época de protesta y de cambios en los Estados Unidos. Todos se rebelaban, ya fuese contra la guerra en Vietnam, a favor de los derechos civiles, o la aceptación de mujeres y gays en la sociedad moderna.
Esta ideología de ruptura y desafío a las viejas normas se veía también en el cine. Jóvenes cineastas querían crear cosas nuevas, mostrar lo nunca visto en las pantallas de cine.

Dos de estos jóvenes cineastas eran Craven y Cunningham. quien 1971 realizaron juntos su primer proyecto, Together, un falso documental sobre sexo que protagonizó la luego estrella del porno Marilyn Chambers. Wes producía una película que dirigía y escribía su amigo Sean. Ambos cambiaron papeles en su siguiente proyecto, La última casa a la izquierda“La última casa… fue un proyecto muy acorde con la época”, dice Wes Craven. “Durante esos años tiramos las reglas por la borda, intentábamos deshacernos de la censura. Todos estábamos contra el sistema. Se luchaba en Vietnam, y las imágenes más fuertes que veíamos procedían de documentales de la guerra. En La última casa… decidimos mostrar la violencia tal como es y destapar la parte escondida de las películas de género hollywoodienses. Dimos la vuelta a todas las convenciones aceptadas hasta entonces para el cine de serie B”.

Craven inspiró su historia en El manantial de la doncella, de Ingmar Bergman, que a su vez se basaba en una antigua canción sueca. A partir de ahí, confeccionó un thriller que cambió las normas del cine de terror moderno. En parte, porque no esperaban el éxito que se les venía encima.
Cuando Sean y yo conseguimos levantar la película”, recuerda Wes Craven, “estábamos convencidos de que sería muy pequeña, que se estrenaría en un par o tres de cines. Muy poca gente la vería y menos se acordarían de ella. Por eso se nos ocurrió enseñar cosas que no se habían visto nunca en la pantalla. Decidimos saltarnos todas las reglas y hacer lo que nos diera la gana”. Así que con un presupuesto de 90.000 dólares y un equipo de 15 personas, se lanzaron a rodar la película en apenas un mes. Para ahorrar en localizaciones, rodaron en sus propios pisos de Nueva York, usaron sus propios vehículos, y hasta se desplazaron a Wesport, Connecticut, para usar los domicilios de sus familiares. La sangre la hicieron mezclando frutas y otra comida triturada con sirope de caramelo.

La última casa a la izquierda
La última casa a la izquierda

“Digamos que más o menos fue así”, explica Sean Cunningham. “Dije: ‘Tengo una idea, hagamos una película. Escribes el guión, yo la produzco, tú la diriges. Haré los bocatas y grabaré el sonido’. Fue un rodaje muy básico, típico de estudiantes. Como cuando se prepara una obra de teatro en el instituto y todos trabajan 24 horas al día sólo por el placer de conseguir estrenarla. Éramos unos locos yendo de un lado a otro con una cámara”.

Ya en el rodaje, había signos de que estaban haciendo algo realmente terrorífico. La actriz Sara Peabody, que luego se hizo profesora de interpretación y productora de films infantiles, estaba tan aterrorizada en el set que llego incluso a abandonarlo en una ocasión. Pese a todo, ni Craven ni Cunnigham creían que un film tan controvertido y de tan bajo presupuesto fuese a cuajar en taquilla. Mucho menos cuando lo enviaron a la MPAA, el organismo que clasifica por edades las películas, y les colocaron una «X», excusivamente para mayores de 18 años. En busca de una mayor difusión, Craven volvió a montar el film, quitándole los 10 minutos más truculentos. Volvió a recibir una «X» como respuesta. Pensaba Craven que otros 10 minutos más de recorte servirían para conseguir la ansiada «R», pero se equivocó. Así que optó por conseguir el sello de un amigo de la oficina, y distribuyó el metraje completo con una clasificación que no le correspondía.

Llegaba el momento de estrenar la película, pero el título original, The Night of Vengeance, el título original del proyecto, no les convencía. Así que crearon un concurso entre los amigos, eligiendo tres títulos finalistas. La misma película se estrenó en tres ciudades distintas, con tres títulos distintos. Apenas nadie fue a ver Krug & Co. o Sex crime of the century. Por contra, el resultado en las salas donde se estrenó como The last house on the left fue apoteósico desde el primer fin de semana, tal y como recuerda Craven: “Llamé a Sean para saber qué pasaba con la película. Y me dijo: ‘¿Estás sentado? Es un éxito, es tremendo, la cola para entrar casi da la vuelta a la manzana’”. La película estuvo en cartelera durante semanas, pasando luego a los circuitos de medianoche y universitarios. Recaudó más de 3 millones en Estados Unidos, y otros 10 en el resto del mundo. Y eso pese a que fue recortada en países como Gran Bretaña, e incluso prohibida durante 32 años en Australia. En otros países, como Alemania, el film se estrenó haciéndolo pasar por una auténtica snuff movie.

Wes Craven en La última casa a la izquierda
Wes Craven y Lucy Grantham, durante el rodaje

Pero no sólo el público se fijó en ella, sino también miembros destacados de la crítica como Rogert Ebert, que escribió en el Chicago Sun Times que el film era “una pequeña película dura y amarga, cuatro veces mejor de lo que esperaba… una de esas raras películas que aparecen sin promoción y que funcionan a nivel comercial, pero que ofrece mucho más”. No compartían su entusiasmo los gerentes de los cines, que obligaron a Craven y Cunningham a organizar un equipo de edición que restaurase las copias de la película, ya que estas llegaban a menudo mutiladas por los propietarios de los cines, que eliminaban las escenas más polémicas.

Circunstancias que no hicieron sino alimentar la leyenda, y convertir la cinta en un título de culto, que ha influenciado a numerosos directores de hoy en día. Ahora Craven y Cunningham vuelven a visitar «esa casa», esta vez los dos como productores, en el remake de su primer éxito, en el que esperan poder ofrecer todos los giros de tuerca que el presupuesto no permitió en su día.