Puede que llamar odisea a una jornada de lucha con la burocracia sea algo exagerado; ser un quijote quizá quede bastante lejos de parecerse al ingenioso hidalgo; las nuevas lolitas del cine no tienen mucho que ver con la de Nabokov y la guerra de las galaxias que se libra en el espacio parece bastante más peligrosa que la declarada por el temible Darth Vader. Ejemplos como estos sirven para darnos cuenta de la cantidad de conceptos que nos regalan el cine y la literatura.

Hace unos meses, el director deportivo del Real Madrid, Jorge Valdano, utilizaba el título de una película para referirse a los falsos rumores que aseguraban el fichaje de Savio por el Chelsea. «No hagamos de esto un Show de Truman», dijo, dando a entender que tal acuerdo entre el Madrid y el club inglés podía convertirse en un espectáculo virtual. Cuando los títulos de libros y películas entran a formar parte del acervo popular con la categoría de frase hecha es porque sus personajes o su temática han rebasado los borrosos límites de la ficción para convertirse en algo que nos resulta más cercano.
Quizá lo de Valdano sea solo un ejemplo más del ingenio y la verborrea de las que suele hacer gala, pero su empleo del título de la película para aludir a la falsedad de las apariencias tiene mucho que ver con el hecho de que en los últimos años las pantallas de nuestros cines se hayan llenado de películas que tienen como temática la realidad virtual.
A pesar de que pueda parecernos un símbolo del siglo XXI, la realidad virtual es tan vieja como los sueños. No obstante, lo virtual es solo aquello que concebimos como real y que luego resulta ser falso, sin que sea necesario que todo esté lleno de cables y de imágenes por ordenador.
De todas las películas que tratan el tema, quizá la mejor y la más emblemática sea el Show de Truman (1998). Este personaje ha vivido siempre en un enorme estudio de televisión. Ignora que toda su existencia es un diabólico montaje que va desde un sol artificial a la amistad y el cariño de sus parientes y amigos, meros actores al servicio del espectáculo. El creador de este programa, un tipo llamado Christof, es el encargado de decirnos en el primer plano de la película las bases de ese mundo virtual: «Estamos cansados de pirotecnias y efectos especiales. Aunque el mundo en el que Truman habita esté planificado, no hay nada falso en él como persona. No hay guión, apuntes. No es Shakespeare, pero es genuino. Es la vida.»

Las mismas palabras podrían aparecer al principio de Ed Tv, película inmediatamente posterior donde también se trata el tema de la vida en directo pero de un modo más parecido a el Gran Hermano. La diferencia reside en que mientras que Ed sabe que lo están filmando y acepta convertir su vida en un circo a cambio de un contrato millonario, Truman desconoce por completo la existencia de algo más allá de los límites de su pequeño mundo. Pero la lista de películas es bastante extensa y a poco que nos pongamos a pensar recordaremos un buen número de títulos que si no se centran en lo virtual, al menos tocan el tema.
En la mayoría de ellas, esto se traduce en la existencia de un universo dentro de otro. Es el caso de Dark City, El Show de Truman (1998), Pleasantville (1998), Matrix (1999) y Nivel 13 (1999). En otras como Desafío Total (1990) o Abre los ojos (1997) el mundo paralelo se materializa en una sucesión de sueños dentro de sueños al modo de las muñecas rusas. Luego están las que se valen de la tecnología y de la informática como Días Extraños (1995), o el recurso de los juegos de ordenador como en Videodrome (1982) o eXistenZ (1998). También aquellas en las que al final todo resulta ser una broma macabra con moralina incluida, caso de The Game (1997), o las más recientes como el Club de la Lucha (2000) en la que es el protagonista el que sin ayuda de nadie configura un mundo propio que le impide ver la realidad.
No parece que esta invasión cinematográfica sea fruto de la casualidad. Los últimos años de un siglo suelen estar marcados por una ilógica duda ante lo que vendrá, por un extraño miedo a que el mundo cambie de la noche a la mañana. Pero además, el final del siglo XX que vivimos es un período de crisis y la prueba es la coincidencia de tantas películas sobre el mismo tema. No existe mayor incertidumbre que la de no saber discernir entre la vida real y la prefabricada.

Ésta es una de las señas de un cine que gusta de la complejidad y el juego, donde las secuencias, en las que predomina el claroscuro, se convierten en una serie de adivinanzas que dan lugar a otras adivinanzas, donde los directores plantean los argumentos basándose en la creación de situaciones aisladas que, mediante continuos giros narrativos, tengan al espectador en tensión y donde la sorpresa final está en ocasiones por encima de la verosimilitud.
El barroquismo quizá sea el concepto que mejor resuma todas las cualidades que se dan en esta estética de lo virtual y lo que, salvando las distancias, lo une con el período artístico del mismo nombre. La dificultad de distinguir el sueño de la vigilia, los mundos paralelos, la vida como teatro, son temas que están presentes en dramas como la Vida es Sueño y el Gran Teatro del Mundo de Calderón, si bien es cierto que el dramaturgo español no participaba del escepticismo del racionalismo europeo del XVII. Las mismas claves se encuentran en otras obras del Barroco. El Quijote, por ejemplo, es la historia de un hombre que crea un mundo falso en su cabeza, pero también el lector participa de su locura cuando no pone pegas al hecho de que en la segunda parte de sus aventuras, el hidalgo converse con otros personajes que han leído la primera.
Ficción y realidad se superponen continuamente para crear dos mundos difícilmente distinguibles de la misma forma que los personajes de Nivel 13 no saben en cuál de los dos mundos existen realmente. Curiosamente, esta película empieza con la frase «Pienso, luego existo» del filósofo barroco Descartes.
Tanto el Barroco como nuestra época son períodos críticos caracterizados por la pérdida del equilibrio ideológico. El siglo XVII no puede entenderse sin las guerras religiosas que recorren Europa o sin el enorme peso de la Contrarreforma y en España, la decadencia política y social, el nepotismo y la corrupción, hacen comprensibles el claroscuro y las fuertes antítesis que se dan en el arte.

Los cambios que ha vivido el final del siglo XX son distintos pero guardan una estrecha relación con los de aquél. La caída del muro de Berlín y la desaparición del comunismo han echado por tierra la vieja concepción de un planeta enfrentado por dos formas opuestas de ver la vida. El catolicismo ha ido cerrando las puertas a los distintos sectores sociales hasta convertirse en una empresa en quiebra. Todo esto ha dejado un mundo escéptico que trata de encontrar nuevas ideologías y nuevos valores, donde cada uno lucha por hacerse un hueco.
Es aquí donde entran en juego los dos grandes fenómenos que se desarrollarán en el siglo XXI: la globalización e internet. De entrada, ambos conceptos no tienen por qué suponer una sola visión de las cosas. Nadie discute las ventajas de que todos los países disfruten del progreso, de los derechos humanos y de un sistema más igualitario. Lo que sí se pone en duda es que esa mundialización suponga la homogeneización de la cultura. Hay un miedo lógico a que todo el globo se convierta en un enorme centro comercial con espacio para dos o tres tiendas, en el que cualquiera puede entrar pero no todo el mundo tiene dinero para comprar y donde, desde luego, no cabe la posibilidad de pensar de otra forma.
Ésta es la realidad virtual contra la que se rebelan los protagonistas de las películas de las que venimos hablando. En todas ellas, el héroe se da cuenta de que hay algo más tras las paredes del mundo en el que vive y arriesga su vida por encontrar la puerta que le muestre lo que hay al otro lado. Es la defensa del individualismo.

En Hormigaz (1998), el obrero Z, harto de la vida en el hormiguero lucha por descubrir una salida exterior hacia un lugar legendario que no es más que un basurero de Central Park, pero que para él supone el paraíso con el que sueña todo insecto. Allí, un grupo de bichos desheredados se cuestionan por la posibilidad de que hubiese un mundo tan grande que no pudieran darse cuenta de su existencia. En una reunión de insectos la idea no deja de tener su gracia, pero es la misma pregunta que se hacen todos los héroes de estas películas. Al igual que Z, otros como Truman o Neo en Matrix, intentan escapar de esa prisión tecnológica: «Matrix es una prisión que no se puede ver ni tocar», «No hay más verdad ahí fuera que aquí dentro», le asegura Christof a Truman cuando éste trata de huir de su mundo.
La creación de estos mundos virtuales no es un mero recurso formal ni una moda surgida de la nada, sino el motor que pone en marcha la lucha por la identidad, la evidencia de que existe algo que nos impide ver la falsedad de muchas de las cosas que nos rodean y que nada tienen que ver con la condición humana. En el mundo virtual se puede ser muy feliz y algunos optarán por la bendita ignorancia, pero lo bueno sería que, al igual que Truman, abriésemos la puerta y nos arriesgásemos tirándonos de cabeza a esos otros mundos a los que la sociedad occidental da la espalda.
Lo extraño es que sea precisamente Hollywood, una de las industrias más poderosas de la globalización, desde donde se señalen los problemas del pensamiento único. Esa es la paradoja. Quién sabe, quizá no estaría mal que de vez en cuando volviésemos sobre nuestros pasos rápidamente y sin avisar, para comprobar si no tenemos una pequeña cámara siguiéndonos a todas partes. No vaya a ser que alguien nos esté gastando una broma pesada.

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