
Shutter Island transcurre en un macabro mundo que apenas ha sido llevado al cine: el de las instituciones psiquiátricas de la década de los cincuenta, en una época en la que el tratamiento de aquellos con los más violentos ataques de locura estaba a punto de experimentar una importante revolución. Cuando los oscuros días de los psiquiátricos “estilo barracón” dieron paso a una nueva época de potentes cirugías cerebrales y fármacos neurológicos, los pacientes se perdían en instituciones kafkianas mientras otros eran conejillos de nuevos experimentos en los que se basaron nuestras teorías contemporáneas sobre la demencia criminal. A medida que el misterio de Shutter Island se desenreda, Martin Scorsese nos transporta a un oscuro mundo que se mantuvo oculto hasta hace muy poco.
Las instituciones mentales se remontan a la Edad Media, pero incluso antes de entonces, las sociedades se debatían sobre qué hacer con aquellos tan locos que podían resultar un amenaza en el mundo exterior. Dicen incluso que la expresión “barco de locos” hace referencia a los barcos sin rumbo que llevaban a los locos a alta mar como una primera forma de institución.
Los manicomios europeos de los siglos XVI y XVII son los antecedentes de los de Estados Unidos. Eran fundamentalmente cárceles, no centros de tratamiento, agujeros inhóspitos en los que los pacientes estaban encadenados y eran tratados como animales, golpeados hasta la sumisión y “almacenados” en condiciones espantosas, a menudo hasta su muerte. Quizá el ejemplo más atroz fue el enorme Hospital Bethlehem de Londres, cuyo nombre se redujo a Bedlam Hospital, que a su vez dio lugar a la palabra inglesa bedlam, que significa “casa de confusión”. El hospital abría sus puertas a los visitantes, que a cambio de un penique, podían contemplar, insultar e instigar a los prisioneros. La sociedad les consideraba herramientas de la voluntad del Demonio, así que había escasa compasión hacia su sufrimiento. Sorprendentemente, por el contrario, los manicomios medievales de Persia eran relativamente progresistas y usaban baños calmantes, terapia con música y formas iniciales de psicoterapia para intentar reinsertar a los pacientes en la sociedad. Lo ocurrido en Bedlam inspiró a Val Lewton para la película homónima de 1946, protagonizada por Boris Karloff, cuyo reclamo era: “¡Sensacionales secretos de la atroz casa de locos REVELADOS!”
No fue hasta 1792 cuando un manicomio de París probó a cortar las cadenas de los pacientes y pasar de mazmorras sin ventanas a habitaciones con luz. El hecho de que algunos pacientes considerados incurables se recuperasen afianzó esta visión. Surgió entonces lentamente la era del “Nuevo Tratamiento”, que daba más importancia a buscar una cura, aunque a veces con métodos extremos y salvajes. Lamentablemente, en un principio se experimentó con horrendos tratamientos que iban desde hacer girar a los pacientes a gran velocidad en sillas especiales a “calmarles los nervios”, torturándoles literalmente para “hacerles volver a sus cabales”. Estas técnicas sólo contribuyeron a aumentar la reputación de los manicomios como lugares de espanto de los que pocos regresaban a la sociedad.

A lo largo del siguiente siglo y medio, los manicomios occidentales siguieron siendo lugares rodeados de miedo y repugna. El primero de Estados Unidos fue fundado por Benjamin Rush en 1769 en Williamsburg, Virginia, y fue la única institución de este tipo durante medio siglo. En esos años, la mayoría de los enfermos mentales del país eran recluidos en hospicios o cárceles, hasta que en 1827 una “Ley Referente a los Lunáticos”, prohibió el encarcelamiento de enfermos mentales y se construyeron varias instituciones. Aunque había algunos ejemplos más progresistas, fundamentalmente los manicomios fundados por los cuáqueros en Philadelphia, Boston y Nueva York, seguían siendo instituciones bastante poco acogedoras desde el punto de vista actual, y era habitual el uso de camisas de fuerza e incluso purgas y sangrados. También surgió una nueva categoría de enfermos mentales, aquellos cuya locura provocaba terribles crímenes. En 1859, Nueva York inauguró el primer Manicomio Estatal para Criminales Trastornados.
Tras la primera guerra mundial, con las revolucionarias teorías de Freud y miles de veteranos con síndrome de guerra, las instituciones mentales comenzaron a mejorar sus condiciones, aunque los tratamientos seguían siendo espantosamente duros. En los años veinte el Dr. Henry A. Cotton, que dirigía el Manicomio de Lunáticos del Estado de Nueva Jersey fue pionero en una serie de cirugías que incluían extraer dientes, amígdalas, intestinos y órganos sexuales para evitar infecciones que se creía que inducían a la locura. En los años treinta, el Dr. Egas Moniz, un neurólogo portugués, empezó a experimentar con la técnica que luego se conocería como lobotomía prefrontal, una cirugía radical que seccionaba fibras nerviosas en la parte del cerebro asociada con las emociones. Aunque efectivamente el tratamiento calmaba a los esquizofrénicos y las psicosis incurables, tenía un gran coste para la personalidad del paciente. Moniz llegó a recibir el premio Nóbel por el descubrimiento de esta técnica.
Durante los años 40, la lobotomía dio lugar una nueva época de la psiquiatría que profundizaba en la fisiología del cerebro y en las formas de alterarla. La escalofriante cifra de 40.000 estadounidenses, algunos con depresión, retraso mental o simplemente un carácter rebelde, fueron sometidos a esta intervención de consecuencias irreversibles. Otros métodos extremos eran los comas inducidos con insulina y la terapia de electroconvulsiones, conocida como “terapia de choque”. Afortunadamente, a finales de la década, la aparición de potentes fármacos neurolépticos, como los antidepresivos y los antipsicóticos, prometía una vía de tratamiento más humana, aunque no exenta de controversia.
Tras la segunda guerra mundial, se crearon por primera vez instituciones dirigidas a pacientes con traumas relacionados con el combate, y esto dio lugar a tratamientos más complejos y menos agresivos. Mientras, tras la caída del Telón de Acero, las instituciones mentales de Europa Oriental se ganaron la terrible fama de ser brutales lugares de castigo para los disidentes y presos políticos, en los que experimentos de control mental hicieron que muchos que entraron cuerdos perdieran completamente la razón.

Shutter Island está ambientada en el apogeo de la experimentación psiquiátrica en los años 50 justo antes de las reformas de los sesenta, en la que se cerrarían muchos hospitales mentales del estado.
Para estar seguro de que la película retrataba verídicamente ideas y tratamientos psiquiátricos en esa época, Martin Scorsese contrató a un asesor especial: el Dr. James Gilligan, que fue director de un hospital mental penitenciario para criminales trastornados (el Hospital Estatal de Bridgewater) en la década de los setenta. Los tribunales federales ordenaron que miembros de la Facultad de Medicina de Harvard, dirigida por el Dr. Gilligan, introdujeran nuevos programas en Bridgewater con la intención de mejorar la calidad del tratamiento mental, Desde entonces Gilligan lucha por reformar las instituciones penales y mentales de Estados Unidos y el resto del mundo.
“Tuvimos mucha suerte de contar con el Dr. Gilligan como asesor técnico”, dice Scorsese. “Su libro sobre la violencia es un clásico y estuvo en los hospitales psiquiátricos de los sesenta, donde cambiaron las cosas. No sólo es una autoridad en la materia, sino que entiende cómo contar una historia y cómo las obras de arte a lo largo de la historia han reflejado la naturaleza humana.”
Gilligan aceptó el puesto en Bridgewater días después de que el documental de Fred Wiseman Titicut Follies dejara al descubierto las lamentables condiciones en las que vivían los pacientes y se encargó de transformarlo en una institución más humana con esperanzas para los pacientes. Recuerda las atrocidades de las que fue testigo de primera mano: “Las celdas parecían mazmorras medievales. Los pacientes estaban encadenados a las paredes, rodeados de excrementos. Los animales del zoo vivían en mejores condiciones”, dice. “En Bridgewater fui testigo muchos de los cambios, experimentos y conflictos que aparecen en la película”.
A Gilligan, uno de los responsables de las reformas en las instituciones mentales del estado de Massachusetts, le entusiasmó la temática de Shutter Island y el afán de Scorsese por que el hospital ficticio de la película fuera lo más verídico posible. “Marty dejó claro que, dentro del mundo ficticio de la historia, quería que el hospital resultara realista”, dice. “Trabajamos juntos para que la historia reflejara la verdadera guerra que se estaba librando a mediados del siglo XX dentro de la psiquiatría: una guerra entre los partidarios de tratar a estos pacientes con nuevas formas de psicoterapia, educación y medicina, y los que consideraban a los enfermos violentos incurables y abogaban por controlar esta conducta inflingiendo daños cerebrales irreversibles mediante el uso indiscriminado de la terapia de choque y rudas formas de cirugía cerebral, como las lobotomías”.

Gilligan opina que la enrevesada estructura de la película, tanto como la ambientación, transporta al público a un irresistible viaje psicológico. “El cine es un poderoso medio artístico para recrear los estados mentales inconscientes, los sueños y las alucinaciones”, dice. “Puede que la historia de Shutter Island no refleje literalmente cómo tratan hoy en día los psiquiatras a los psicóticos, violentos, suicidas o a los traumatizados, pero consigue expresar de manera metafórica lo que sucede en la mente y la psique de los personajes”.
El médico, que actualmente da clases en la Universidad de Nueva York, estaba siempre disponible durante los ensayos y dio pistas al reparto principal y a los extras sobre cómo interpretar a pacientes mentales. “Mi trabajo consistía en explicar a los actores qué sienten los pacientes mentales, cómo interactúan, qué aspecto tienen, cómo caminan, sus expresiones faciales y también su grado de deterioro físico y mental. Todos estaban interesadísimos e investigaron por su cuenta. Me quedé impresionado de lo mucho que Leonardo DiCaprio se documentó para el papel. Rebuscó en los archivos y encontró algunas películas didácticas de los años 40 para profesionales de la psiquiatría que influyeron en su interpretación.”, dice.
Todo el reparto apreció las aportaciones de Gilligan. “Era muy abierto y le pregunté mucho sobre su experiencia trabajando en lugares como Shutter Island”, dice Jackie Earle Haley. “No quería exagerar mi personaje, pero él decía ‘No te creerías la de cosas que he visto y aquí estoy viendo cosas muy realistas.’ A veces la realidad supera a la ficción”.
Brad Fischer dice que contar con Gilligan en el equipo también contribuyó a incrementar el suspense de la película. “Se trata de establecer el tono, la atmósfera, la tensión de querer saber qué está pasando realmente en este lugar que alberga a los peores dementes criminales. El público, como Teddy, siente la necesidad de entender qué está pasando y averiguar quién dice la verdad.”

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